miércoles, 31 de agosto de 2016

Se trataba de una especie de aventura, inocente y picaresca.
Algo tan simple como levantarse de la cama e ir a la heladera cuando todos dormian. Siempre despacito, sin apuro visible por miedo a hacer algún tipo de ruido que delatara el acto.
Me recorre la viva imagen de abrir la heladera con la vista iluminada e ir directo a la leche condensada. ¡El premio mayor! Y ahí nomás, tomarla desde la lata, cual acto delictivo. Así se sentía.
Mamá no me dejaba, por eso cautivaba el gusto de lo prohibido.
Y creo que lo es hasta hoy, que veo esa lata y me vuelve a la memoria la travesía nocturna a la cocina.

Ahora que lo pienso, seguro esta noche se repita.

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