viernes, 14 de julio de 2017

Hay objetos que pueden llegar a guardar la esencia de una vida, con semejante poder como para de quedar ligados a un recuerdo maravilloso. Y que por más que se le trate de dar forma con palabras, estas nunca van a ser claras para describir ese tanto que representan.
Hoy me acordé de algo muy puntual, y con eso, de todo lo que puede resignificarse un objeto, un regalo.

Ya hace varios años, antes de enfermarse, mi abuela me dió algo con un valor inmenso que sin ninguna duda fue y es, hasta el día de hoy, el regalo más hermoso que alguna vez recibí. Algo que ella guardó por más de 50 años y que tenía a su marido, mi abuelo, como complice en el detrás de la historia.
Lo tengo muy fresco ese día, se me guardó toda la secuencia de imagenes en la piel. Había ido a visitarla, y me acuerdo que en un momento de la tarde fue a buscar algo a ese placard enorme que tenía al lado de las escaleras, y que después de un rato de andar revolviendo sacó una cajita de madera muy sencilla y viejita que, entre fotos y papeles, atesoraba recuerdos varios de toda una vida.
De ahí mismo fue que sacó dos papelitos, se me acercó y me extendió la mano. Tenía un billete enrollado, marcado por los años, que con sus dobleces formaba una especie de lazo. En realidad eran dos, uno un poco más maltrecho que el otro, pero me díjo que me quedara con el que se veía más sano. A simple vista no entendía porque me lo estaba dando, o que significaba, hasta que con una emoción notoria en la mirada me lo dijo. Resulta que esos billetes eran el origen de lo que fue casi una vida entera con su otra mitad, a quien había perdido hace algunos años atrás. Me contó que eran de cuando se comprometieron con mi abuelo, y que él los había hecho como simbolo de esa promesa de amor. Algo tan simple y poderoso como eso.

Con seguridad, ese día me emocioné como pocas veces, y tengo presente que hice mucha pero mucha fuerza para no llorar adelante de ella, algo que pude aguantar hasta el momento en que me subí al 302 para volver a casa. Fue fuerte, no se. Todo un simbolo, toda una historia y además sumandole el hecho de que eligió confiarmelo a mi.
Siete somos los nietos que tenía, pero repito, me confío a mi ese tesoro. No se si fue orgullo lo que sentí en el momento, o qué, pero si puedo decir que ese día me sentí especial como pocas veces. Y que verdaderamente pude ver, apreciar, cuanta vida puede llegar a guardar algo tan simple para los ojos ajenos.
Al final en todo duerme una historia invisible, y poder apreciarla, eso es mágico.

7 comentarios :

  1. Muy bueno. Es increíble la cantidad de historias, de vida, que puede tener un objeto.

    Saludos.

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  2. La frase final cierra de forma muy especial toda la entrada. Este tipo de relatos son mis favoritos, en los que se nota que hay un sentimiento y un respeto que no pueden inventarse.

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  3. Que lindo haber tenido sensaciones como esas en la vida, son únicas.

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  4. Qué genial, súper conmovedor realmente!!! La verdad que con "Al final en todo duerme una historia invisible, y poder apreciarla, eso es mágico" lo dijiste todo, o sea, no podías haberlo explicado mejor y amé esa frase.

    Un abrazo de otra de Buenos Aires jaja.

    PD: te gusta Iggy vi? Capo!

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  5. Emocionante. Que función importante cumplen los abuelos en nuestras vidas.. Son personas eternas :)

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  6. Qué lindo! Cuánta historia puede tener un objeto y que linda experiencia que una persona te comparta algo tan importante para ella.

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