Hay historias que viven solo por el hecho de estar escondidas, que crecen con el misterio, con la curiosidad que uno crea desde el desconocimiento. Una fuerza que le gana a la intriga, e inmediatamente, casi de forma inconsciente, te obliga a imaginar cientos de historias alrededor.
Hay un personaje que me representa todo eso. No lo veo siempre, pero cada tanto aparece y viajamos en el mismo bondi.
Salgo bastante tarde de la facultad, y practicamente atravieso media provincia para poder darme ese lujo que es el estudio. Dos horas de viaje, y si hay viento a favor, un poco menos.
En esa vuelta es cuando lo cruzo, allá por Liniers. Es un hombre bastante mayor, debe tener 65, o por ahí algunos años más. Siempre fumando su pipa, al mejor estilo popeye. y la mayoría de las veces con un sueter gris, bastante agujereado y añejo. Un hombre que a la vista te hace pensar que está en situación de calle y te preguntes más cosas de las que te gustaría..
Pero tiene una particularidad que hace que se destaque del resto de los que esperamos el colectivo.
Nunca lo vas a ver sin su violín abajo del brazo, un estuche tatuado por el viento con el desgaste propio del tiempo. Ahí es cuando se me abre un interés especial, y sigo pensando ¿cuántas historias habrá ahí adentro? ¿cuántas cosas podrán contar ese par de manos y esas cuerdas? ¿cómo será su vida? sus dias, sus noches, su todo.. Ese todo que queda flotando en la imaginación y se diluye con la infinidad de posibilidades.
Personajes de la ciudad que hablan sin decir una palabra.