miércoles, 24 de enero de 2018

lunes, 22 de enero de 2018

Lo que realmente importa
Un poco desentendido, absorbía sin invitación lo que tiene para mostrar el resto.
A lo lejos en el bondi, escuchaba que una chica estaba muy preocupada por no conseguir unas zapas, no se, hablaba con su amiga de esas Nike modernas con nombre de avión que se usan ahora. Igual, yo por dentro pensaba, tal vez erroneamente, que en realidad lo que le preocupaba más era no poder compartir una foto en las redes luciendo esas altas llantas. Cosechar algunos likes, sonreirle a la pantalla y que todo fuese satisfacción. Algo que de forma silenciosa va a mutar en una desdicha de no acabar, cuando las consiga después pensará inconcientemente, ¿cuál será la próxima "zapatilla" que ocupe ese vacío del momento? uh, pucha, más frustración futura para ella.
Todo lo flashié mientras escuchaba lo que no me competía.

Y ese chico de allá, ese que está apoyado sobre el poste, tiene pinta de ser del tipo de persona que le preocupaba más tener el telefono de la manzanita que llegar tranqui a fin de mes. Pero a simple vista todo es secundario, porque no importa llegar a gastar 2 sueldos en algo tan vital. Algo que marca una cierta diferencia, lo vale. Siempre lo vale. Más cuando se lo hacés notar al resto. ¿no?
Pero bueno, que culpa tiene el chabón, si es la sociedad que te hunde en esa, a puro grito y agarrandote de las patas.
Eso un poco me hizo acordar a una canción de Loquero que dice algo así: "Este es el camino, es tan frágil como lo ves. Medias rotas, zapatos claros.."

Me distraje, en el bondi siempre me distraigo. Tengo mucho viaje de vuelta a casa como para ignorar todas esas cositas que flotan alrededor. Hago pasar los minutos mientras boludeo en el facebook desde el celu, y pensaba en esa piba que sube, fácil, unas 8 o 10 selfies por día. Obviamente acompañadas de leyendas muy poéticas, que generalmente desmerecen lo físico y potencian lo intelectual. Pero no se, me es raro, no me cuadra mucho el discurso con la intención de lo que veo. Quién soy yo para juzgar, obvio, nadie. Pero me da hasta algo de gracia encontrarme con eso todos los días.
Es algo que esquivo, pero en el  momento me resulta dificil no jugar al pichón de psicólogo e imaginar que puede pasar por cabezas como esa. Que se yo, quizás esté insegura por algún lado, necesita tapar huecos, o busque alguna aprobación, no se. Pero aunque no me incumba ni tenga por qué opinar, me pregunto si al final será tan espiritualmente sabia y ajena a lo superficial como dicen sus posteos, y me sonrío.

Que fácil es presuponer o juzgar, y que boludo me siento por eso, como en este momento mientras me leo. Pero en ciertas situaciones me alegra tener otro orden de prioridades. Y con eso, entre otras cuestiones, pasarme esa frivolidad por el orto.
Lluvia de corazones por eso.

jueves, 11 de enero de 2018

Es un secreto universal, nadie entiende del todo cual es el misterio atrás de la desaparición no-forzada de medias.
Todavía tengo en el cajón algunas sin su par, pensando inocentemente que algún día van a aparecer de la nada, así como cuando se tomaron el palo.
Viste, algo muy parecido a lo que pasa con la pipol.

martes, 9 de enero de 2018

lunes, 1 de enero de 2018


Vaya uno a saber por qué hoy me acordé de uno de los tantos títulos que me hicieron ver los primeros colores de la primavera, de descubrir de a poquito que es el enamoramiento antes de conocerlo como tal, muy disfrazado de ternura e inocencia. Elsa Bornemann y su "No somos Irrompibles" hace que pase el tiempo y me siga despertando lo mismo (o más) que a mis 7 u 8 años. Leerlo era descubrir como se podían tener tantos sentimientos escondidos en un papel. Este es uno de los cuentos cortitos que guardaba, que por lejos es de los que más me gustan. Momentos fugaces para soñar sin techo.


CON EL SOL ENTRE LOS OJOS

La única que se dio cuenta soy yo: Gustavo tiene un sol entre los ojos. Un pequeño sol colorado, de rayos desparejos, como despeinado en los bordes...
Cuando Gustavo mira, enciende cada cosa que mira.
La primera vez que lo advertí fue cuando puso antorchas a lo largo de la escalera de la escuela, una sobre cada peldaño, a medida que bajábamos.
Me asombré tanto, que no pude decir nada.
Otra vez, prendió las cortinas del salón de música. Yo estaba ubicada en la grada junto al ventanal y sentí que las espaldas me ardían de repente. Inquieta, busqué a Gustavo entre el grupo de chicos que cantaban al lado del piano. Lo sorprendía mirando fijamente en dirección a mí.

Más tarde, cuando le pregunté cómo era posible que nadie más se diera cuenta, me contestó con una larga sonrisa.
¡Pero una tercera vez encendió un mediodía a las once de la noche! Fue en el mismo momento en que finalizaba la fiesta de mi cumpleaños y nos despedíamos con un beso ligerito en la puerta de mi casa. Entonces ya no pude soportar su silencio ni un minuto más. -¿Cómo explicártelo? –me dijo, medio avergonzado, cuando le exigí que respondiera a mi por qué.

Ni yo entiendo bien qué es lo que me está pasando... Parece que solamente nosotros dos lo notamos... ¿Vas a ser capaz de guardar el secreto, no?
Le aseguré que sí sin pensarlo, porque lo cierto era que ya no podía desoír las ganas que tenía de confiarles a todos mi maravilloso descubrimiento.
Contárselo a la maestra frente al grado, eso es lo que hice.
De puro tonta nomás, una mañana quebré lo prometido y me decidí. –Señorita...–le dije- ¡Gustavo lleva un sol entre las cejas! ¿Usted no lo ve? La maestra se balanceó en su silla, divertida. Las risas de mis compañeros sacudieron el aula. Gustavo me miró asombrado y la sala pareció quemarse. Allí estaba su sol, más brillante que otras veces, abriendo un caminito rojo con sus rayos. Un caminito que empezaba en su cara y terminaba en la mía. Un caminito vacío, completamente en llamas. Fulminante.

-¿Qué fantasía es esa? –exclamó la maestra-. ¡El único sol que existe es aquél! –y la señorita señaló el disco de oro colgado de una esquina del cielo, justo de esa esquina que se dobla sobre el patio de la escuela.

-Se burlaron, ¿viste? –me susurró Gustavo no bien salimos al patio. -¿Qué necesidad tenías de divulgar el secreto? ¿Acaso no te basta con saber que es nuestro?

Sí. Ahora me basta. Aprendí que es inútil pretender que todos sientan del mismo modo. Aunque sean cosas muy hermosas las que uno quisiera compartir...
Desde entonces, no he vuelto a contárselo a nadie. Pero esta maravilla continúa desbordándome y necesito volcarla, al menos, en mi cuaderno borrador. Por eso, escribo.
En los recreos, casi siempre sigo siendo sólo yo la que juega con Gustavo. –Es un pibe raro... –murmuran los demás chicos.
Y tienen razón. Sí. Gustavo es un muchacho diferente, pero por su sol, que únicamente yo tengo el privilegio de ver. ¡Y es hermoso ser distinto por llevar un sol entre los ojos!
Gustavo. Mi más querido amigo.

Pasamos las tardes de los domingos correteando por la plaza y él sigue encendiendo cada cosa que mira, una por una:
El agua de la fuente se llena de fogatas.
La arena bajo el tobogán es una playita incendiada.
Los árboles lanzan llamas a su paso y hasta las mariposas, si las toca su mirada, son fósforos voladores...
Ahora que lo escribí, el secreto ya no me pesa tanto...
Estoy contenta y, sin embargo, tengo una duda: ¿seré yo su amiga más querida?
Me parece que sí, porque aunque no se lo pida, Gustavo viene a buscarme a través de su caminito en llamas... Cuando llueve, él se apura a regalarme sus tibios rayitos... Cuando estoy triste, ilumina mi vereda hasta hacerme sonreír...

Por eso, aunque nadie lo vea, aunque me hayan dicho que es un disparate, aunque me vuelven a repetir cien veces que es imposible, yo estoy segura, yo lo creo: Gustavo tiene un sol entre los ojos.

-Elsa Bornemann-