Hace poco falleció uno de los profesores más queridos de la facultad, y en lo que fue mi paso por esas aulas hasta el día de hoy, ya un poco alejado, solo me queda reafirmar que fue el mejor que tuve sin ninguna duda. Fue raro enterarme Facebook, por un posteo de otro docente, otra vez el impacto de lo totalmente inesperado, tanto para mi como para todos los que lo conocían. Más que nada por ser algo tan prematuro, alguien joven, carismático, desbordando energía, un tipazo, y a la vista, un ejemplo eterno de lo que refiere a la docencia, en lo más simple de su esencia. El significado de la vocación de enseñar seguramente fue ahí donde la ví y comprendí como tal, en la famosa aula 210. La segunda casa de aquel hombre de boina y bigote.
Pasaron un par de días y no pude evitar seguir leyendo en los grupos de fb la facu o mismo en instagram todas las palabras dedicadas a él, cientos y cientos de mensajes. La tristeza seguía siendo total en cada renglón que leía, pero también otra parte enorme era la celebración por el buen tipo que fue, cataratas de comentarios con anécdotas coloridas (en CMYK, claro), recuerdos y enseñanzas, algo que me emocionó una banda, más todavía. Y después, como consecuencia me fue imposible no pensarlo de este otro modo, viste, eso que alguna que vez todos llegamos a pensar, cómo sería la mirada del otro hacía uno si ya no llegase a estar. Cómo viviría ese recuerdo en el resto? Y solamente podía imaginar en lo hermoso que sería si él pudiese leer en ese momento todo el afecto que sus alumnos, colegas y amigos le están dejando en palabras y sentimientos. No puedo verlo de otra manera, como algo ciertamente injusto, primero que ya no esté más para seguir despertando cada viernes la pasión de la gráfica, y después, que al final no pueda ser testigo de todo lo maravilloso que dejó en tantas, pero tantas personas. O tal vez, en parte si lo supo, que lindo sería pensar eso.



No hay comentarios. :
Publicar un comentario