Allá por los años de secundaria hubo una época en la que cuando no podía dormir, mi remedio casero era jugar a imaginarme todo lo que podía llegar a hacer al otro día. Me narraba toda historia posible, desde la mañana a la noche y la recontra estiraba con la mayor cantidad de detalles que podia.
Tanto era lo que me hablaba por dentro, que en algún momento de ese ritual la mente caía rendida a la almohada, el premio que -en el inconsciente- se me negaba. No es que era tan seguido, pero cuando pasaba, los minutos nocturnos me dejaban
convencer de que eran más largos, y con trampa caía en esa del insomnio
cual fatality.
No sé cuando fue que pasó, pero lo dejé de hacer, casi que sin darme cuenta perdí eso.
Ahora lo pienso y no sé si es que quedó en el olvido por la falta de necesidad, de haber curado del espanto al desvelo y dormir como un cascote, o si será que todo empezó a ser tan estructurado y rutinario que hasta me cuesta proyectar días muy distintos. Puede que algo de eso último haya. Creo que esa efectividad, duró el cerrar de ojos, lo que la infancia me lo permitió.
Y con eso me traigo palabras que viven en la obra del pensador Espinosa, -y no hablo del filósofo- que dicen algo como;
Ya no hay nada en mí, me obligaron a crecer
Mi imaginación, me obligaron a matar
Ya no puedo ser, me obligaron a soñar
Mi infancia termino, me obligaron a mentir.
Mi imaginación, me obligaron a matar
Ya no puedo ser, me obligaron a soñar
Mi infancia termino, me obligaron a mentir.



No hay comentarios. :
Publicar un comentario