miércoles, 31 de agosto de 2022

El camino al sector de traumatología era laberintico, dos pisos arriba y zigzagueante en todo momento. Al final, a la izquierda, había una puerta grandota que dividía el pasillo de esa sala común, donde ya se respiraba otro aire. Salió mi hermana y entré yo. Y desde aquel límite me señaló el rincón en donde estaba él, que hace algunos días tropezó y como consecuencia se fracturó la cadera.

Vi que los ojos de mi abuelo juntaban tristeza, aunque en todo momento quiso ocultarlo con palabras. Así trata de mostrarse, con entereza hasta en el que es su momento de mayor fragilidad. Solo una vez lo vi peor, totalmente cubierto en llanto, desconsolado, y fue en el primer cumpleaños de mi abuela después de que a ella la operaran. Ese día la angustia se le acumuló. Nunca había visto a ese hombre llorar, nunca.

Me tuve que bajar el barbijo para que me reconozca, ve muy poco sin los anteojos. Hablamos un ratito de las plantas del fondo de su casa, donde se cayó, y de los pilotos de F1 que le gustan. Me resaltó que Ferrari no anda bien y que el Mercedes de Hamilton siempre está peleando. Me preguntó si tenía pañuelitos para darle y le dejé un paquete. Siempre tengo en algún bolsillo.

Ya no está del todo lúcido, por momentos se pierde un poco. Aunque desde hace un par de años notamos que tiene esos segundos fuera de contexto, pareciera que en estos días internado, empeoraron como nunca.

Desde que me desperté esa mañana, durante todo el día hasta después de visitarlo, solo pude pensar en lo feo que son los hospitales, el ambiente extraño que generan. Siempre la asociación de estar en uno me refiere a ese pensamiento.

Verlo así, en ese estado, me hizo mal. Sumándole la rabia posterior que me brotó por la desidia burocrática, y ser testigo del destrato continuo que en este caso muestran médicos y enfermeras hacia la gente mayor. Un rechazo automático, distante de cualquier ética. A veces solo con ver actitudes dudás de la capacidad humana que tienen algunas personas para afrontar su rol, y lo que demanda. Pasan los días, y todavía no lo operan. El tiempo lo es todo. Sufre en la espera, le duele mucho. Tiene miedo pero no lo dice, llora. La coraza se disolvió.

Hoy solo pienso en lo cruel que es la vejez en la mayoría de los casos. Esto de llegar al punto de sentirse enjaulado, física y mentalmente, por las propias limitaciones del cuerpo. También lo triste que me pone esa imagen de él, vulnerable, y lo tanto más que me duele saber que sufre siendo consciente de eso.

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