lunes, 17 de octubre de 2022

Relato de lo plumiEfimero

Prácticamente todos los días viene de visita un chimango, y se posa en el punto más alto del techo de dos aguas. Aletea un poco en la zingueria y es ahí cuando lo escucho, y salgo a verlo.

Hay veces que se mueve de su torre vigía, y tantea el panorama desde el tronco roto de la mora, otras lo hace desde el techo del auto. Y se queda un ratito a la espera, mirando hacia la casa a través de la ventana, como queriendo encontrar la vista de alguien.

Usualmente aparece cerca del mediodía, aunque a veces más temprano. Pero tiende a respetar su horario de visita casi religiosamente. Si lo veo desde la cocina, suelo dejarle algo en el marco de la ventana, y es cuestión de unos segundos para que lo vea y se pose ahí mismo a reclamar el tentempié.

Se lo malcría a base de sobras del día, lo que se encuentre en ese momento en la heladera. Pero le gusta mucho el salame y el jamón, la carne en general.

De a poco me voy ganando su confianza, ya casi no duda, y se va acercando más. De interactuar a varios metros de distancia pasamos a unos pocos centímetros. En cuclillas le dejo la comida frente mío y espero que la busque. Se acerca despacio, atento. Sabe que ahí no tiene la seguridad que le da la altura. Al momento de agarrar la comida hace unos pequeños chillidos, lo repite un par de veces sin sacarte la vista de encima, y arranca su vuelo. Me gusta creer que en su lenguaje me intenta agradecer por el regalo.

Al principio, solo lo veíamos si venía a llevarse lana de la oveja, mayormente esa que queda enredada en los troncos donde ella se suele rascar. Ese fue el primer acercamiento. Era una imagen cómica ver como ese llamativo pájaro de pico curvo vigilaba en la cercanía los pasos de la oveja, o que directamente de forma atrevida se le posara en la cabeza cual Timón y Pumba. Ella inmutada, seguía caminando como si nada.

Ayer mientras almorzábamos al aire libre vino varias veces, y a lo último trajo a otro. Tienen el nido a una cuadra, en uno de los árboles más altos del barrio, cerca del cartel luminoso de la juguetería. Por lo menos son tres los que ví volando cerca, pero intuyo que además debe tener pichoncitos, por eso tanta colecta alimenticia.

Estoy teniendo una fascinación grande por las aves. Creo que empezó con los colibríes que venían todas las tardes al principio de la pandemia y se fue agrandando con las lechucitas que, durante un tiempo, anidaron en la puerta de casa. 

Hoy también tienen mi atención los zorzales, que revuelven las hojas secas, vestigios del invierno, para buscar bichitos. Me gustan mucho aunque sean super asustadizos. Y están los horneritos, que más curiosos, lo pispean todo en el fondo. También se suelen acercar chingolitos, carpinteros y algún que otro bichofeo. Están las torcacitas y las palomas que vienen a tomar agua al borde de la pileta, estas últimas son prácticamente gallinas, enormes. Hay cotorras también, muchas, y vienen a cortar ramitas de la algarroba para su nido.

Todos los días les desgrano pan duro o alguna galletita, y me quedo espiando de incognito. Me encanta ver como caminan. Ese andar tiene tanta pero tanta historia. Si te dejas llevar son como pequeños dinosaurios, me gusta verlo así.

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